Muy profesional, muy profesional..

septiembre 7, 2009

Cuando pedí el 2XL, los Reyes Magos me dejaron en el zapato una atenta nota. “Hemos considerado no aceptar tu solicitud. El artículo que pediste clasifica en el rubro de regalos para niños idiotas, y por lo tanto determinamos, en el mejor de tus intereses, traerte en cambio: La enciclopedia de la vida animal y unos calcetines.” La enciclopedia no era mal regalo, pero yo lo que quería era al robotito que contaba el chiste de los elefantes que no se suben a las palmeras, porque le tienen miedo al coco. Los Reyes Magos me defraudaron varias veces más, pero no puedo negar que siempre lo hicieron “en el mejor de mis intereses”.

Algo parecido sucedía con mis padres, quienes trabajaban de sol a sol para poder llenarme de los mejores regalos imaginables.  El problema es que los regalos siempre superaban la imaginación de un niño previamente idiotizado por la televisión.  Recuerdo haber llegado de la escuela obseso porque menganito tenía una camara fotográfica de Mafafa Musguito (Odisea Burbujas era mi serie favorita) , y yo estaba dispuesto a lavar el auto de mi papá con tal de que se me comprara una igual. En fin, que lavé el coche y en premio a la dedicación y a mi amor al trabajo, mi madre me obsequió una Minolta de 35 mm. Mafafa no estaba en la caja. “Pero mijito” sollozaba la pobre mujer al ver mi cara de frustración “esta cámara es profesional, la de Mafafa es para niños” Yo era un niño, y a mi madre le costaba mucho entender aquello.

También quize una bicicleta, y me encantaba un modelito con Batman por todos lados.  Para mi cumpleaños recibí, oh tragedia, una bicicleta de montaña “profesional”. Era hermosa, según puedo ahora recordar, pero no podía entonces concluir. Empezaba a creer que “profesional” significaba negro y aburrido mientras que “infantil” era todo aquello lleno de colores y personajes de la tele. Con mi raqueta de tenis fue igual, mientras mis primas jugaban con unas raquetas de palo con Micky Mouse, yo odiaba mi profesionalísima Arthur Ashe, y ya no hablemos del horror que me provocaba tener unos Walkie Talkies General Electric de alta frecuencia que me trajo mi padre de un viaje a Laredo, que eran perfectamente incompatibles con los radios Fisher Price que usaban mis vecinos para jugar entre ellos a los espías.

Claro, veinte años después, mis padres se preguntan qué hicieron mal. ¿Por qué su hijito, que era un genio, no se convierte en un “profesional” y termina de una maldita vez por todas su sobre prorrogada tesis? Ni modo de decirles, que sigo queriendo lo infantil, que prefiero mi vida llena de colores y de personajes.

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