Cuando pedí el 2XL, los Reyes Magos me dejaron en el zapato una atenta nota. “Hemos considerado no aceptar tu solicitud. El artículo que pediste clasifica en el rubro de regalos para niños idiotas, y por lo tanto determinamos, en el mejor de tus intereses, traerte en cambio: La enciclopedia de la vida animal y unos calcetines.” La enciclopedia no era mal regalo, pero yo lo que quería era al robotito que contaba el chiste de los elefantes que no se suben a las palmeras, porque le tienen miedo al coco. Los Reyes Magos me defraudaron varias veces más, pero no puedo negar que siempre lo hicieron “en el mejor de mis intereses”.

Algo parecido sucedía con mis padres, quienes trabajaban de sol a sol para poder llenarme de los mejores regalos imaginables.  El problema es que los regalos siempre superaban la imaginación de un niño previamente idiotizado por la televisión.  Recuerdo haber llegado de la escuela obseso porque menganito tenía una camara fotográfica de Mafafa Musguito (Odisea Burbujas era mi serie favorita) , y yo estaba dispuesto a lavar el auto de mi papá con tal de que se me comprara una igual. En fin, que lavé el coche y en premio a la dedicación y a mi amor al trabajo, mi madre me obsequió una Minolta de 35 mm. Mafafa no estaba en la caja. “Pero mijito” sollozaba la pobre mujer al ver mi cara de frustración “esta cámara es profesional, la de Mafafa es para niños” Yo era un niño, y a mi madre le costaba mucho entender aquello.

También quize una bicicleta, y me encantaba un modelito con Batman por todos lados.  Para mi cumpleaños recibí, oh tragedia, una bicicleta de montaña “profesional”. Era hermosa, según puedo ahora recordar, pero no podía entonces concluir. Empezaba a creer que “profesional” significaba negro y aburrido mientras que “infantil” era todo aquello lleno de colores y personajes de la tele. Con mi raqueta de tenis fue igual, mientras mis primas jugaban con unas raquetas de palo con Micky Mouse, yo odiaba mi profesionalísima Arthur Ashe, y ya no hablemos del horror que me provocaba tener unos Walkie Talkies General Electric de alta frecuencia que me trajo mi padre de un viaje a Laredo, que eran perfectamente incompatibles con los radios Fisher Price que usaban mis vecinos para jugar entre ellos a los espías.

Claro, veinte años después, mis padres se preguntan qué hicieron mal. ¿Por qué su hijito, que era un genio, no se convierte en un “profesional” y termina de una maldita vez por todas su sobre prorrogada tesis? Ni modo de decirles, que sigo queriendo lo infantil, que prefiero mi vida llena de colores y de personajes.

Puto

julio 21, 2009

El día que aprendí la palabra PUTO se abrieron para mí los caminos de la semiótica. ¡Que dos fonemas encierren tanto poder! ¡Que los trazos arbitrarios de sus letras contengan tal potencial para molestar! En el camino de regreso de la escuela forzaba mis labios para producir discretamente y lejos del oído de Mamalena el palpitante sonido de /p/. /P/ se mantenía en el aire y dejaba un eco seductor que invitaba a terminar in mente el arcano prohibido. Luego descubrí que con cierta impunidad era posible enunciar una sílaba completa, y de ahí hasta la hora de la comida encontré todos los pretextos del mundo para decir cosas que empezaran con /pu/- Puerta, público, puente, pueril (sí, conocí la palabra pueril antes de la palabra puto) puma. Con eso llené un buen par de horas de conversación.

Pero llegó el tiempo de la tarea, y la mesa del comedor se llenó de lápices y cuadernos… Lápices. ¡Y de qué forma puede vibrar un lápiz en la mano de un niño que sabe empuñarlo! En mi mano derecha estaba la fuerza entera de cuatro letras que si ponen juntas son capaces de grandes estragos.  S y S1 se concentraban en las matemática y las ciencias sociales, pero yo no dejaba de mirar el hermoso artículo amarillo con punta de grafito y cola de goma roja de descansaba entre el pulgar y el índice.  Dentro de mí, una voz repetía con estruendo: puto, puto putototote, putón, puta, putarraco, putarraca y los derivados se agolpaban como explosiones semánticas.

Escondí el lápiz y me excusé para ir al baño. Me encerré, puse el seguro y, por precaución, atoré el tapete con la puerta por si alguien me había seguido. Medité largo rato y medí todas las posibilidades. El inodoro y el lavabo estaban en la misma pared, y en medio de éstos, quedaba un espacio para colocar el cepillo y la bomba de destapar caños. Me pareció que ese era un buen sitio. Era visible, pero no espectacular. Ahí se podría iniciar un incendio que no dejara en evidencia al culpable. Sobre la pared y justo arriba de la bomba de destapar caños, los sonidos, por medio del milagro del grafito, se convirtieron en materia delineada con oculto temor. “PUTO” se podía, desde cierta distancia y si se ponía atención, leer sobre la pared blanca del único baño en el departamento del sexto piso de un edificio de Copilco.

Salí, y aguardé la explosíon. S utilizó el baño cuando terminó con la tarea, pero no ocurrió nada. Tampoco ocurrió cuando mi abuela entró. Entré yo inmediatamente después para vigilar que mi obra siguiera en pie de guerra y tal cual la encontré. “PUTO” silencioso y obsceno sobre la pared, incluso lo vi un poco más grande de lo que lo recordaba. Las tías que vinieron por la tarde también fueron al baño, pero nadie se escandalizó. Desde un punto estratégico, pude ver a S1 abriendo la puerta y cerrándola tras de si, luego salió sin decir nada. Mamalena y su marido, más noche, tambien ocuparon el cuarto de “PUTO”  y nadie ardió en cólera.

Así pasaron tres días en los que “PUTO” vivió inmovil junto a la bomba para destapar caños sin que nadie notara su existencia. Me pregunté por primera vez si una palabra que no es leída por nadie es, en verdad, una palabra. No me contesté nada. No me contesté ni entonces, que escribí a “PUTO”, ni ahora que escribo blogs a oscuras. Pero una semana después regresé de la escuela. Ya me había hecho el hábito de ser el primero en entrar al baño para vigilar si a “PUTO”  le había pasado algo, o si “PUTO” había provocado a alguien.

Ese martes cuando fui a buscar a PUTO, no lo encontré. Estaba ahí el excusado, también estaba la bomba para destapar el caño, pero PUTO no estaba. Nadie había borrado ni al lavabo ni al cepillo, pero PUTO había sido, en silencio, silenciado para siempre.  Alguien, seguramente Mamalena, al descubrir a PUTO en la pared, lo eliminó de un tajo con una goma, y así, muerto el PUTO se acabó la rabia. Después de lavarme las manos salí del baño y me entristeció un poquito que nadie me hubiera castigado por escribir cosas.

Logros deportivos

junio 19, 2009

S y S1 no sólo eran niñas bonitas, virginales y populares. También tenían la costumbre de sacar buenas calificaciones (S1, para colmo, sin mucho esfuerzo) y de sacar medallas de oro en cuanto deporte les daba por practicar. Yo, en cambio, era el hijo que nadie quere tener: delicado hasta las lágrimas, con dos que tres materias eternamente reprobadas y con una habilidad atlética capaz de provocar lástima en los caracoles.

Una vez, sin embargo, los dioses de la competitividad me iluminaron y gané una medalla de chicle cubierta con papel dorado en una competencia de natación. Mi abuela paterna se lamentaba cuando me veía en la alberca: ¡También que nadaba Huguito cuando tenía su edad! Pero esa vez, sin saber bien a bien cómo lo logré; fui galardonado, si no por mi velocidad, al menos por mi tenacidad.

Mamalena se moría de la ternura cuando salimos del vestidor de Acuamundo y yo llevaba gorra, gogles y speedo azul marino. Ella me cargaba la toalla y mi familia entera: cuatro abuelos, la otra madre armada como toda la vida con una Minolata de 35 mm, un padre y tres hermanas de deshacían en vítores para la recién llegada promesa del deporte. Caminamos orgullosos al borde de la alberca y tomé, de una alta pila, mi atlética tablita de flotar.

Entré en el agua. Odiaba entrar al agua porque siempre estaba fría, pero creo que ese día hicieron funcionar la caldera. El agua, en esa ocasión, era tibia y agradable como un paseo a caballo.   Escuché con atención. En sus marcas, sigo sin saber dónde estaban las marcas. Tensión. Listos. Concentración, la mirada infantil fija en los metros de agua que me separaban de la gloria. Fuera. La patada precisa. La fuerza de todo el cuerpo aplicada a la motricidad, a la victoria. El agua era cálida y agradable como los brazos de Mamalena.  La meta estaba fija en mi ambición.

Y el agua que era cálida y agradable como una tarde de televisión. Y las ganas de patalear. Toda la fuerza acumulada en un trienio de vida se acumulaba en mis muslos para revolver el agua de un carril a otro.  Patalear, patalear, patalear, agua, agua, patalear. A lo lejos se oye el nombre del primer rival que llegó a la meta. No será el primero lo que me lleve, pero la tabla de flotar es cada vez más mullida, y el agua es cálida y agradable como las enfrijoladas de mi abuela.

La tabla de flotar se acomoda tierna sobre mi mejilla, y la caldera de la alberca me está envolviendo seductoramente. Los vítores de la familia completa se pierden entre olas ensordecidas y uno a uno, desde otro mundo se escuchan nombres y más nombres de otros niños.

La Minolta de mi madre lo registró. La pequeña alberca está vacía, salvo por una dulce  embarcación a la deriva: la tabla de flotar en posición perpendicular al carril sirve de almohada a un niño con gorra, gogles y speedo azul marino, que se deja ir sobre el agua profúndamente dormido.

La tabla tocó por casualidad el borde de la alberca. Abrí los ojos. Había despertado en la meta. Aplausos. Más vítores. La premiación había ocurrido hacía ya tiempo, pero me dejaron subir al podio para recibir una medalla de chicle.